Molina Campos fue autodidacta. Jamás recibió enseñanza alguna, ni perteneció a grupos artísticos que pudieran influirlo. Siempre se consideró un “dibujante costumbrista” y nunca se tituló ni artista ni pintor. Tenía una admiración profunda por los grandes maestros de la pintura, que lo apabullaban con sus obras, sobre todo luego de visitar los grandes museos de Europa.
“Debo agradecer a la Providencia –decía en una oportunidad- el que me haya permitido la osadía de insistir en esto que no tiene la pretensión de ser pintura; pintura en el sentido académico, esto es, en lo que atañe al seguir y ajustarse a la técnica del Arte. Sólo sé que honradamente y porqué no decir irreverentemente, he tratado de representar eso que ha sido la vida campesina de nuestra llanura porteña o bonaerense como se llama hoy.”
En cuanto a los materiales que usó, comenzó antes del año 1925 con acuarela sobre papel Canson y luego siguió con pastel. La témpera fue su fuerte. Terminaba los perfiles con trazos de tinta, a la que recurría cuando era imposible afinar en demasía el pincel. También utilizó el óleo. Sus bases fueron dispares; usó, en general, papeles y cartones granulados o lisos, telas sobre cartón, maderas, aglomerados y hasta tapas de cajas de ravioles.
“Mi técnica –dijo- consiste en eliminar, sin vacilaciones, detalles que, por no añadir nada interesante, sólo sirven para recargar el cuadro y obscurecer su verdadero sentido. Acentúo lo característico, lo auténtico del gaucho y de ‘su ambiente’, haciéndolo resaltar casi hasta la estilización. El gaucho, al verse representado así, se reconoce; siente que aquello es verdadero y lo admite sin recelos, porque nunca lo muestro en situaciones arbitrarias.”
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